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Nicole y el Huracán

Ilustración por P. Hibridez (Reacia Ediciones)

Nicole Saavedra a los 14 años le expresó a su madre que era lesbiana y tomó la catártica decisión de cortar su cabello. Solo le contó a su madre, porque el padre abortó. Su madre es temporera de un pueblo pequeño llamado el Melón, “pueblo chico, infierno grande”, lleno de mamás solteras y papás borrachos, imagen típica de la clase obrera de este país dividido en dos: los que tienen plata y duermen tranquilos y los que no tienen paz pero tienen deudas. Nicole no solo era lesbiana, también era pobre y esa combinación le coloca un punto rojo en el centro de la frente.

A Nicole le decían “cocol” para burlarse de ella, porque no era una de esas lesbianas “sexis” de serie yanqui, es decir, su expresión de género no pretendía complacer los deseos visuales/sexuales, de machos con mentalidad televisiva. Ella era camiona y valiente, tenía el coraje suficiente para salir al exterior vestida de sí misma. Estoy segure que estaba muy consciente de lo peligrosa que es la calle para todo aquel que no viste la heteronorma. Nicole fue constantemente hostigada por su identidad; y es que el patriarcado jamás se cansa de dejarnos fuera o de hacernos mil pedazos.

Necesito que imagines a una adolescente asustada: ella corre a casa porque es perseguida por un grupo de hombres machistas y lesbofóbicos, intentan atraparla para frotar en su cuerpo el odio, la ignorancia, la piel ajena; te pido que imagines las antorchas tras la bruja; ahora a su madre abrir la puerta y observar la tormenta que su hija trae en los ojos. Le ocurrió a Nicole, nos ocurrió a todes. La madrugada del 18 de junio del 2016 fue el último día que otra persona observó a Nicole con vida. El 20 de junio su familia puso la denuncia por presunta desgracia. Día 25 de junio fue encontrado su cuerpo en un frío embalse de nombre Los Aromos, comuna de Limache, región de Valparaíso.

Un embalse por la noche es un lugar solitario, frío, húmedo, oscuro, silencioso. Es como si nada transitara por ese espacio y ese tiempo, no existe y si gritas no te escuchas, no estás, no hay nadie. Un embalse es un pantano, es donde el río detiene su cauce. Ahí estaba el cuerpo de Nicole, entre las ramas y la tempestad, en el centro del huracán, como una proyección de nuestras pesadillas o esa sensación inexplicable que vive una madre mientras espera a su hije, sentada en el sofá de la casa durante toda la madrugada o lo que dure la fiesta. Nicole estaba maniatada, fría, desolada. A Nicole la atraparon, la torturaron y la mataron. Como a una bruja en la inquisición, la persiguieron como a un monstruo, la cazaron como a una bestia y frente a la incapacidad de domesticarla, le quitaron la vida. Nicole tenía todas sus pertenencias, no fue un robo, fue el odio. El odio de la hegemonía sobre los cuerpos que gozan en subversión. A Nicole la mató el sentimiento de “miedo” que se aloja en esta sociedad nefasta, me refiero a esa amenaza que siente la multitud fascista frente a lo lesbiano, lo gay, lo trans, lo no binarie, lo bisex, lo raro, lo negro, lo que no produce familia, lo que no quiere complacerte, lo que se rebela. A Nicole la mató la historia eterna de discriminación sobre las corporalidades desobedientes, a Nicole la mató Chile, a Nicole la mató América latina, a Nicole la mató el mundo y sus cómplices maldites, de estrechos corazones, de placeres frustrados y mentes carcomidas.

Quiero pensar que un huracán se la llevó en su estómago que gira frenético, la abrazó el viento y desvaneció los golpes. Limpió su rostro el agua del río Aconcagua y se vistió con malezas porfiadas como ella misma, quiero pensar que la naturaleza siempre nos ha amado, a Nicole por valiente y a nosotres por resistir la expansión de la antipatía y el capital, por seguir aquí, en la hostilidad del mundo humano, que pregona discursos de fobia, que no se detiene a sentir siquiera un poco, que obedece discursos idiotas y lideres egoístas. Deseo que alguna roca pequeña y afilada que giraba junto a ella en la cima del huracán, cortara sus ataduras, sin rozar sus muñecas resentidas de dolor y por fin la liberara de tantos malos recuerdos, de vivir mirando atrás para estar segura de que nadie te está siguiendo, de vivir huyendo. Anhelo con fervor que alguna rama inocente de algún árbol espectador, de aquel siniestro ataque, lograra acariciar su rostro para calmar a Nicole.

P. Hibridez
12-junio-2018

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