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La catástrofe es el capital

Los sectores triunfantes de Occidente cavan su propia tumba con la potencia de destrucción ecológica del sistema productor de mercancías.

Robert Kurz, El colapso de la modernización, 1991.

A esta altura para nadie debería ser ya una novedad que estamos inmerses en una seria crisis sistémica provocada por el actual desastre capitalista que nos tiene al borde del abismo. Sin embargo, aún persiste un discurso —común incluso en autoproclamados “revolucionarios”—, que afirma que basta con gestionar los medios de producción “de manera distinta”, eliminando sus consecuencias nocivas, para resolver el problema. La “tecnociencia”, —nos dicen—, reorientada hacia la conservación del entorno, sería la llave que garantizaría el retorno al equilibrio entre la humanidad y la naturaleza. Por el contrario, la investigación y el desarrollo científico “nunca tuvo como finalidad satisfacer nuestras necesidades y deseos, sino más bien mantener, ampliar y reproducir el orden dominante”1, por lo que no se trata de algo neutral. Este camino es sólo una “ilusión renovable”, que se presenta como solución, pero que profundiza el problema: “el desarrollo tecnológico no es fruto del optimismo, no de la fe ciega en el progreso, no de unas políticas nefastas de I+D2, sino la única salida que encuentra el valor para, dado un aumento de la competición de capitales por el empeoramiento de las condiciones de producción, salir del embrollo en una huida hacia adelante por conseguir rascar alguna plusganancia en el tiempo que dure la mejora de la productividad”3 . La renovación de la promesa tecnológica nos lleva a un callejón sin salida, ya que, “la tecnología responde a la sociedad que la genera (…) y nuestra formación social capitalista es un sistema de producción de nocividad que determina la generación de sus paliativos”4 .

Generalmente el “cambio climático” que amenaza la vida de millones de especies y ecosistemas, “la crisis energética” por el agotamiento de los combustibles fósiles de los cuales dependemos, y el capitalismo como sistema de alcance planetario, son abordados de manera separada y fragmentaria, sin una perspectiva de totalidad, que vislumbre que de lo que se trata es de una catástrofe capitalista cada vez más brutal y al parecer “terminal”. La actual devastación de la biosfera no puede entenderse aisladamente, en un mundo que obedece de manera impersonal a la lógica de producir y acumular valor sin cesar —que integra todos los aspectos de la vida cotidiana a los dictámenes de la economía—, y que, para la consecución de este ciclo, una y otra vez, no tiene escrúpulos en destruir todo a su paso. El desarrollo del capitalismo fundado en la idea de crecimiento perpetuo y en el progreso infinito de las fuerzas productivas, en la actualidad ha devenido, tal y como lo advirtieran Marx y Engels en La ideología alemana de 1846: “a un estadio en el que nacen fuerzas productivas y medios de circulación que solo pueden ser nefastos en el marco de las relaciones existentes y no son más fuerzas productivas, sino fuerzas destructivas». En consecuencia, considerar que la gestión democrática del Estado, los medios de producción, o, la ciencia, impedirán esta tendencia hacia la autodestrucción, no es más que un sinsentido.

En Abya Yala, se ha intensificado la actividad extractiva y la destrucción del medio ambiente, produciéndose choques, muchas veces violentos, de comunidades —muchas de ellas indígenas— que defienden el territorio y se niegan al avance del capital. Los megaproyectos enmarcados en la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA) de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR)5, que están operativos desde el año 2000, buscan levantar toda una red de rutas viales y complejos industriales que faciliten el saqueo y la explotación de combustibles fósiles tan escasos hoy —utilizando técnicas tan destructivas como el “fracking”—, minerales y “bosques” —de especies foráneas de rápido crecimiento, como pinos, eucaliptos o álamos—; intervenir los cursos de agua para proyectos enérgeticos y de megaminería; ocupar grandes extensiones de tierra en monocultivos modificados genéticamente —por ejemplo, soja—; etc. El despojo ha ido creando “zonas de sacrificio” en donde la catástrofe de la acumulación capitalista y su horizonte civilizatorio aparece sin ningún velo y en su total crudeza: “dicho proceso es indiferente a las necesidades reales de la población y a los impactos medioambientales, pues persigue objetivos meramente capitalistas”6.

Bosque nativo, región del Bío Bío.

Desde el año 2008, la sociedad capitalista se encuentra en una grave crisis de acumulación que, para sortearla exitosamente, según dicen las y los defensores del “decrecimiento”, bastaría con “movilizar tropas reuniendo a todos los que quieren creer que podríamos ‘salir del desarrollo’ (es decir, del capitalismo) permaneciendo en él”7. Buscar otro tipo desarrollo y otro tipo progreso, la mera crítica técnica del activismo ecologista, “volver a la naturaleza” e irse al campo alejándose de las metrópolis, impulsar una suerte de “democracia ecológica” o “capitalismo verde”, “obligar” al capitalismo a no crecer, apostar a la acción institucional, reorientar la producción a una economía de carácter “social”, intentar regresar en la historia a un pasado supuestamente idílico (“primitivismo”), o incluso cualquier solución de índole personal-moral8, son totalmente estériles para superar el actual impasse que experimenta la humanidad y la tierra. Mientras, “la contradicción entre un sistema forzado a crecer por su dinámica interna y un planeta finito repercute cada vez más profundizando la contradicción entre dinero y la ganancia, por un lado, y las necesidades humanas por otro”9 , continúe operando, nuestra situación solo empeorará.

Nuestra única salida es liquidar el capitalismo y sus relaciones sociales, ya que, parafraseando a Walter Benjamin, la catástrofe es el capital y la forma de no-vida que nos impone. El capital destruye el entorno y los seres humanos indistintamente: la base de sustentación material de la vida, y, la especie humana en su conjunto, están en grave riesgo mientras la relación social del valor y todas las categorías mercantiles continúen vigentes. La revolución proletaria sigue estando a la orden del día, su posibilidad y necesidad, es nuestra única garantía de éxito. La construcción de una comunidad humana mundial y la ruptura total con el sistema productor de mercancías, modificarán radicalmente nuestra relación con la naturaleza y nuestras relaciones interpersonales. Solo el comunismo y la anarquía nos salvarán del colapso y el desierto que vienen.

Nahuel Valenzuela

Notas

  1. Cuadernos de Negación, N°8, noviembre 2013, “Crítica de la razón capitalista”. Región argentina. P. 3.
  2. Siglas para Investigación y Desarrollo, concepto utilizado en las industrias para referirse a la constante producción de nuevos productos y servicios. —Nota de Anemófila.
  3. “El decrecimiento y la gestión de la miseria”, Grupo Barbaria, Madrid, 2019. Disponible en línea en: http://barbaria.net/2019/06/09/el-decrecentismo-y-la-gestion-de-la-miseria/
  4. Vela, Corsino (2018) Capitalismo terminal. Anotaciones a la sociedad implosiva. Madrid: Traficantes de sueños. P. 110.
  5. Desde el año 2011 en la región chilena, este plan es asumido como Foro Técnico del Consejo Sudamericano de Infraestructura y Planeamiento (COSIPLAN). Para una compresión detallada de cómo opera este plan en nuestra región recomendamos: “Cuadernos del capitaloceno”, N° 1, primavera 2018, norte semiárido.
  6. “La ideología del Progreso en Latinoamérica”, en: Amorós, Miguel (2016) Cénit y ocaso. Materiales para una crítica de la ideología del progreso. Isla de Maipo: Ediciones Askasis / Ediciones Tercer Asalto. P. 152.
  7. Riesel, René & Semprun, Jaime (2011) Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible. Logroño: Pepitas de Calabaza Editorial. P. 94.
  8. Recomendamos el artículo, “Olvidémonos de las duchas cortas o porque el cambio personal no implica un cambio climático”, en: Jensen, Derrick (2015) El pacifismo como patología y otros escritos. Santiago: Colectivo Editorial Nihil Obstat-Editorial Viejo Topo: P. 41-51.
    Desde Anemófila aconsejamos aproximarse con cautela al trabajo de Derrick Jensen, puesto que tanto él como su organización (Deep Green Resistance) han probado tener actitudes transfóbicas y jerarquizadoras. Para mayor referencia ver el artículo A Short Letter to Earth First! and Anarchists on the transphobia and anti­-anarchist positions of Deep Green Resistance. En caso de no tener conocimiento del inglés, pueden usar dirigirse a esta versión traducida automáticamente.
  9. “Colapso. Cambio climático-Crisis energética-Capitalismo terminal”, folleto de la Biblioteca y Archivo Histórico-Social Alberto Ghiraldo, octubre de 2018, Rosario, Región Argentina.