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Odio a los milicos

Extraído del periódico anarquista Confrontación número 1 (agosto-septiembre 2019).

Odio a los milicos. Odio su existencia y deseo que no existan. Por eso desde niñe decidí formar parte del bando de aquelles que desean la no-existencia del Estado, de la Iglesia, de la policía, del ejército y toda esa basura autoritaria que mantiene el orden social. Pero a pesar de nuestros deseos elles siguen ahí, oprimiendo mentes y reprimiendo cuerpes y no caerán sino hasta que les destruyamos junto a todo lo que permite su existencia.

No viví una dictadura pero tengo memoria y he aprendido de la historia. Por eso sé que a comienzos del “retorno a la democracia”, en los extraños años ’90 los milicos salieron a meter miedo cuando era presidente Patricio Aylwin para demostrarle que estaban vigilando con las armas el proceso de lo que en el colegio nos enseñaron que había que llamar “Transición Democrática”. Y cómo no, si Pinochet luego de ser Dictador y legalizarse a sí mismo como Presidente -con la Constitución de 1980 elaborada por Jaime Guzmán- continuó en democracia como Comandante en Jefe del Ejército y luego como senador vitalicio. O sea, yo crecí viéndolo con uniforme por la tele en la parada militar -que mi abuela veía sagradamente cada 19 de septiembre- para luego verlo de civil votando leyes en el parlamento.

Por suerte me eximí de hacer el servicio militar que antes era obligatorio y había que sacárselo de algún modo porque -seamos sinceres- además de odiar al Estado tener que aguantar a un imbécil adoctrinándome y tratándome mal mientras me enseña a usar un arma no era un buen escenario; ese teniente no hubiera durado mucho gritándome y yo tampoco quería salir a los 18 años en las noticias policiales.

Desde hace un tiempo las autoridades sacan a los militares a la calle casi por cualquier cosa, por un terremotito, un temporal, incendios forestales o alguna otra excusa con la cual mantenerlos vigentes, útiles, heroicos y necesarios. El 2010 fue la presidenta Bachelet la que ordenó decretar Estado de emergencia en las zonas afectadas por el terremoto, para protegerle los televisores y la mercancía a los supermercados Líder saqueados por la gente. En esos días unos milicos de la Armada mataron a golpes a un señor que vivía del recicle de cartones cuando lo pillaron en la calle mientras había toque de queda; David Riquelme era el nombre de ese señor y es un asesinado por milicos en democracia, lista larga de nombres que no aparecen en el Museo de la Memoria ni en los informes estatales.

Algunos parlamentarios desde hace ya varios años empezaron a proponer toques de queda a destajo y que los milicos salieran a controlar las calles los días de protestas salvajes como las del 29 de Marzo y las del 11 de septiembre. Los más osados han pedido incluso que los milicos repriman las marchas estudiantiles “más
complicadas” y que intervengan en el llamado “conflicto mapuche”. Los deseos se comenzaron a cumplir con los milicos deteniendo peñis de la Comunidad de Temucuicui Autónoma en el contexto del Estado de Excepción por incendios forestales decretado en el verano 2019.

Mientras todo esto pasa, a los milicos chilenos los entrenan los milicos gringos en la base militar que está en Con-Con (Región de Valparaíso) donde -bien silenciosos y con harto financiamiento estatal- entrenan cómo invadir barrios y viviendas usando como locación ciudades/maqueta hechas para patear puertas y aprender a controlar áreas urbanas y neutralizar a la población y a algún enemigo de turno que bien puede ser cualquier individuo o grupo que altere el orden establecido.

Con todo esto, es fácil darse cuenta que la democracia también necesita a los milicos para mantener la estructura de privilegios y de poder que sustenta el Estado y la sociedad.

Yo seguiré con mi odio a los milicos, a las escuelas premilitares, al militarismo presente en las escuelas, al orden social y económico que hace que mis amigues pobres del barrio vean en el ejército una “opción de vida”. Seguiré con mi odio a la obediencia y el control social porque amo la libertad ante todo. Igualmente, odio el fetiche de las armas, pero también sé que la libertad no la ganamos solo con palabras, con ideas o con meras estéticas rupturistas. Nuestra libertad necesita expandirse y enraizarse, y para eso es cósmicamente inevitable agarrarse con los pacos, con los fachos, con los ciudadanos que actúan como pacos, con los milicos y con todas esas pandillas de matones de los que poco me importa si están ahí por un sueldo o por vocación.

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